FRANCIA. 08 de octubre 2017.-Griselda Triana, esposa del periodista sinaloense Javier Valdez, asesinado el 15 de mayo, aseguró en Bayeux, Francia, que México vive “tiempos violentos en los que matar periodistas se está volviendo costumbre”. En nuestro país, agregó, “hay un presidente pero no hay gobierno”.

Los nombres de los periodistas mexicanos Javier Valdez, Miroslava Breach, corresponsal de La Jornada en Chihuahua, Cecilio Pineda de Guerrero y Maximino Hernández, de Baja California, todos asesinados este año, fueron inscritos en un Memorial erigido para honrar a los corresponsales caídos durante el ejercicio de su profesión. Este homenaje se inscribe en las actividades de los Premios Bayeux-Calvados para corresponsales de guerra.

En la misma placa quedaron inscritos los nombres de Stephan Villeneuve, Bakhtiyar Haddad y Véronique Robert, tres informadores caídos en la batalla de Mosul que se libró para replegar de esa región iraquí a las fuerzas de ocupación del Estado Islámico.

En una pequeña intervención durante el acto conmemorativo, la esposa del corresponsal de La Jornada en Culiacán, fundador del periódico local Río Doce y autor de una decena de libros, admitió: “Ahora lo tengo que aceptar: al gobierno mexicano no le interesa ni está haciendo lo suficiente para que su crimen sea resuelto”.

Cada año, en el marco de este evento de y para periodistas en esa localidad de Normandía, se inscriben en unas placas de granito los nombres de los periodistas que han sido asesinados.

La esposa, madre de los dos hijos del reportero asesinado, Tania y Francisco, hizo una semblanza de Javier Valdez, quien “a través de sus trabajos periodísticos y en cada libro que escribió, desnudó una realidad que quienes tienen en sus manos las riendas del país no quieren mirar ni resolver porque quienes mandan son otros. Javier no se dedicó a contar muertos, él se ocupó de visibilizar a las víctimas, de ponerles rostro y contar sus historias. Y en el trabajo que realizó con pasión y compromiso por más de dos décadas, están mujeres, hombres, niñez y juventud víctimas o huérfanas del narco, familias que escarban la tierra con sus propias manos en fosas clandestinas con la esperanza de encontrar a sus seres queridos desaparecidos porque si ellas no lo hacen, nadie más lo hará”.

Añadió: “Javier no fue un periodista del silencio y eso le costó la vida. El derecho a la libertad de expresión, decía él, no es un asunto solo de periodistas sino de toda la ciudadanía y para defenderlo hay que ejercerlo. A Javier solo podrían silenciarlo si lo mataban y lo lograron”.

Por último, citó las últimas líneas de su último texto publicado en la antología Periodismo escrito con sangre: “El derecho a la libertad de expresión es un derecho ciudadano, un derecho humano y, vale la pena, en tiempos tan sombríos y convulsionados, levantar la palabra escrita y hablada, que muchos nos quieren arrebatar para imponernos el silencio. Para mí, dejar de escribir es morir, es dejar de caminar, de sentir, de experimentar la vida. El silencio es una forma de complicidad y de muerte. Y yo ni soy cómplice ni estoy muerto”.